La sensación de “pies que queman” no es un diagnóstico, sino un síntoma que puede esconder causas muy distintas. Algunas son frecuentes, como la neuropatía periférica; otras son locales, como los atrapamientos nerviosos; y otras mucho más raras, como la eritromelalgia. Precisamente por eso, escuchar bien cómo describe el paciente el dolor, cuándo aparece, en qué zona se localiza y qué lo empeora o alivia es esencial para orientar el diagnóstico diferencial.
La neuropatía periférica es una de las causas más habituales de quemazón en los pies. Suele producir una clínica más difusa y, con frecuencia, bilateral y simétrica, a menudo acompañada de hormigueo, adormecimiento, pinchazos o sensación de calcetín. El síndrome de burning feet puede intensificarse por la noche, y esta característica se describe de forma clásica en cuadros neuropáticos. Entre sus causas hay que pensar en diabetes, déficits nutricionales, alcohol, fármacos y otras enfermedades sistémicas.
Los atrapamientos nerviosos, en cambio, suelen dar una sintomatología más localizada o relacionada con trayectos nerviosos concretos. En el síndrome del túnel tarsiano, por ejemplo, la compresión del nervio tibial posterior o de sus ramas puede producir dolor, quemazón, hormigueo y entumecimiento en la planta del pie, a veces con irradiación hacia los dedos. Una revisión reciente señala como claves clínicas el dolor sobre el túnel tarsiano, los síntomas sensitivos como ardor y adormecimiento y un Tinel positivo, recordando además que el diagnóstico diferencial incluye fascitis plantar, neuropatía periférica y radiculopatía lumbar.
Otro atrapamiento a tener en cuenta es la neuropatía de Baxter, relacionada con la compresión de la primera rama del nervio plantar lateral. Puede confundirse con dolor plantar crónico o con fascitis plantar, pero en algunos casos predomina un componente neurálgico o de ardor. La literatura reciente recuerda que parte del dolor plantar puede tener origen neural y no puramente fascial.
La eritromelalgia ocupa un lugar aparte porque, aunque es rara, tiene una clínica bastante característica. Se define por la tríada de dolor urente, aumento de temperatura y eritema, generalmente en episodios que afectan sobre todo a los pies. Los brotes suelen desencadenarse con calor o ejercicio y mejorar con ambientes frescos. Puede ser primaria o secundaria, y entre sus asociaciones se incluyen trastornos mieloproliferativos y otras enfermedades sistémicas.
Desde el punto de vista práctico, hay varias pistas útiles. Si la quemazón es bilateral, distal, nocturna y acompañada de hormigueo o pérdida de sensibilidad, la neuropatía gana peso. Si el dolor sigue un territorio nervioso, se reproduce en puntos concretos o se relaciona con la compresión, hay que pensar en atrapamiento. Si aparecen episodios de pies muy rojos, calientes y con ardor intenso que empeoran con calor y alivian con fresco, la eritromelalgia debe entrar en la sospecha.
La valoración podológica es especialmente valiosa para diferenciar si el problema parece predominantemente mecánico, neural o vascular-cutáneo, y para decidir cuándo derivar. Son señales de alerta la aparición brusca, el dolor intenso en reposo, la pérdida marcada de sensibilidad, la debilidad, las alteraciones tróficas, la ulceración o la sospecha de una causa sistémica subyacente. En esos casos puede ser necesario completar estudio con analítica, pruebas neurofisiológicas o derivación a neurología, dermatología o medicina interna según el contexto.
En definitiva, no todos los “pies que queman” son iguales. Detrás del mismo síntoma puede haber una neuropatía, un atrapamiento nervioso o una entidad rara como la eritromelalgia. Afinar bien el diagnóstico es el primer paso para tratar mejor.



