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Pie geriátrico: cómo cuidar los pies en personas mayores y prevenir caídas

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Con el paso de los años, los pies también experimentan cambios. La piel puede volverse más seca y delicada, las uñas pueden engrosarse o resultar más difíciles de cortar y es frecuente que aparezcan durezas, deformidades en los dedos, dolor articular o una menor movilidad. A esto pueden sumarse enfermedades como la diabetes, los problemas circulatorios, la artrosis o determinadas alteraciones neurológicas, que requieren una vigilancia aún mayor.

Estos problemas no deben considerarse una consecuencia inevitable de la edad. Cuando los pies duelen o el calzado resulta incómodo, la persona puede modificar su forma de caminar, apoyar peor, reducir su actividad física o sentirse insegura al desplazarse. Una revisión sistemática encontró una asociación entre las caídas en personas mayores y problemas como el dolor de pies, el hallux valgus, las deformidades de los dedos, la reducción de la movilidad del tobillo, la pérdida de fuerza y la disminución de la sensibilidad plantar.

Por este motivo, el cuidado del pie geriátrico no persigue únicamente evitar heridas o molestias. También forma parte del mantenimiento de la movilidad, el equilibrio y la autonomía personal.

Una medida sencilla es observar los pies con regularidad. Conviene comprobar si existen rozaduras, ampollas, grietas, zonas enrojecidas, cambios de color, inflamación, heridas o alteraciones en las uñas. Cuando la persona no puede ver bien la planta del pie, puede ayudarse de un espejo o pedir la colaboración de un familiar o cuidador.

La higiene debe realizarse con agua templada y un jabón suave, secando cuidadosamente toda la superficie y, especialmente, los espacios entre los dedos. Si la piel está seca, puede aplicarse una crema hidratante en el dorso y la planta, evitando la zona interdigital para no favorecer un exceso de humedad. Las fuentes sanitarias consultadas también recomiendan prestar atención a las uñas, la piel y el calzado como parte de la prevención de problemas que pueden afectar a la estabilidad.

Las uñas deben mantenerse con una longitud adecuada y sin dejar bordes que puedan clavarse en la piel. Sin embargo, cuando están muy engrosadas, existe poca movilidad, mala visión o enfermedades como diabetes, neuropatía o alteraciones circulatorias, no es recomendable intentar cortarlas de cualquier manera. En estas situaciones, una lesión aparentemente pequeña puede pasar inadvertida o evolucionar con mayor facilidad hacia una complicación.

También deben evitarse las cuchillas, los objetos cortantes y los productos callicidas utilizados sin supervisión profesional. Las durezas y los callos suelen aparecer como respuesta a un exceso de presión o roce, por lo que eliminarlos sin estudiar su causa puede hacer que vuelvan a aparecer y aumentar el riesgo de heridas.

El calzado tiene una importancia especial. Debe ajustarse correctamente, dejar espacio suficiente para los dedos y sujetar el pie mediante cordones, velcro o hebilla. Es preferible una suela estable y con buen agarre, un tacón bajo y ancho y materiales que no produzcan presión ni rozaduras. Las zapatillas abiertas por detrás, el calzado demasiado holgado y las suelas muy desgastadas pueden favorecer tropiezos o hacer que el pie se desplace dentro del zapato.

La guía NICE sobre prevención de caídas incluye expresamente el estado de los pies y el calzado dentro de la valoración integral del riesgo. Esta evaluación también puede contemplar el equilibrio, la fuerza muscular, la forma de caminar, la visión, la medicación y las características del entorno, ya que las caídas no suelen depender de una única causa.

En la consulta podológica pueden valorarse la piel, las uñas, la sensibilidad, la circulación, la movilidad articular, la fuerza, las deformidades, las zonas de sobrecarga y el desgaste del calzado. Además, el estudio de la marcha permite detectar apoyos inestables, compensaciones o limitaciones que estén dificultando el desplazamiento. Según cada caso, pueden indicarse cuidados específicos, adaptación del calzado, ejercicios, ortesis plantares o la coordinación con otros profesionales.

La evidencia disponible señala que las intervenciones podológicas multifactoriales, que pueden combinar tratamiento de las alteraciones del pie, recomendaciones de calzado, ejercicios y ortesis cuando están indicadas, pueden contribuir a reducir las caídas en determinados grupos de personas mayores con dolor de pies.

Debe solicitarse valoración profesional ante una herida que no mejora, grietas profundas, signos de infección, cambios bruscos de color o temperatura, inflamación persistente, pérdida de sensibilidad, dolor nocturno, deformidades progresivas o una mayor inseguridad al caminar.

Cuidar el pie geriátrico no es solo una cuestión de comodidad. Mantener los pies sanos, utilizar un calzado adecuado y tratar a tiempo cualquier alteración puede ayudar a conservar una marcha más segura, prevenir caídas y proteger la autonomía de las personas mayores. La valoración de un podólogo titulado y colegiado permite detectar factores de riesgo, ofrecer cuidados adaptados y establecer las medidas necesarias para mejorar la seguridad y el bienestar de cada paciente.

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