Sufrir varios esguinces en el mismo tobillo no siempre es una cuestión de mala suerte. Cuando el tobillo se tuerce repetidamente, falla al caminar o transmite una sensación constante de inseguridad, puede existir una inestabilidad crónica de tobillo.
Esta alteración suele aparecer después de uno o varios esguinces laterales, especialmente cuando la lesión inicial no se ha rehabilitado por completo. Aunque el dolor y la inflamación desaparezcan, pueden persistir déficits en la fuerza, la movilidad, el equilibrio y la capacidad del sistema nervioso para reconocer la posición de la articulación. Como consecuencia, el tobillo reacciona más lentamente ante un apoyo inesperado y aumenta el riesgo de una nueva lesión.
Las personas afectadas suelen describir que el tobillo “se va”, “falla” o “no responde”. Esta sensación puede aparecer al caminar por superficies irregulares, bajar un escalón, cambiar rápidamente de dirección, correr, saltar o practicar determinados deportes. También pueden existir dolor en la parte externa del tobillo, inflamación después de la actividad, pérdida de confianza al apoyar o miedo a sufrir otro esguince.
La inestabilidad puede tener un componente mecánico, relacionado con una mayor laxitud o lesión de los ligamentos laterales, y un componente funcional, relacionado con alteraciones de la fuerza, el equilibrio, la coordinación y la propiocepción. En muchos pacientes ambos mecanismos se combinan, por lo que no basta con comprobar si el ligamento está más o menos laxo.
La valoración podológica comienza con una historia clínica detallada: cómo ocurrió el primer esguince, cuántos episodios se han producido, en qué situaciones falla el tobillo y si persisten dolor, inflamación o limitación funcional. También es importante conocer el tipo de actividad física, el calzado utilizado y si se realizó una rehabilitación completa después de las lesiones anteriores.
Durante la exploración pueden estudiarse la movilidad del tobillo, la fuerza de la musculatura estabilizadora, el equilibrio sobre un solo pie, la respuesta ante movimientos rápidos, la marcha y la alineación del pie y del miembro inferior. Las pruebas funcionales permiten comprobar si la persona puede saltar, aterrizar, cambiar de dirección o mantener la estabilidad con seguridad.
Las pruebas de imagen no siempre son necesarias, pero pueden solicitarse cuando existe dolor persistente, inflamación recurrente, sospecha de lesión osteocondral, afectación tendinosa, una posible fractura o una inestabilidad mecánica importante. El objetivo es descartar otras lesiones que pueden acompañar al esguince y mantener los síntomas, aunque el ligamento haya cicatrizado.
El tratamiento suele comenzar con un programa de rehabilitación progresivo. Las guías clínicas recomiendan trabajar la movilidad, el fortalecimiento, el equilibrio, la propiocepción y el control neuromuscular. A medida que el tobillo mejora, pueden añadirse ejercicios con apoyo sobre una pierna, cambios de dirección, saltos, aterrizajes y movimientos específicos del deporte o de la actividad habitual.
El fortalecimiento de la musculatura que rodea el tobillo ayuda a mejorar el control de la articulación, mientras que los ejercicios de equilibrio entrenan la respuesta del cuerpo ante apoyos inestables. Un ensayo clínico publicado en 2024 observó mejoras con programas de fuerza y de equilibrio en personas con inestabilidad crónica, respaldando la combinación de ambos tipos de ejercicio dentro de la rehabilitación.
En algunos casos pueden utilizarse vendajes funcionales o tobilleras, especialmente durante la vuelta al deporte o en actividades con mayor riesgo. La evidencia respalda el uso de soportes externos y del entrenamiento neuromuscular para disminuir la recurrencia de los esguinces. Sin embargo, una tobillera no debe sustituir al trabajo de fuerza, movilidad y propiocepción.
La vuelta a la actividad no debería decidirse únicamente porque haya desaparecido el dolor. Antes de retomar completamente el deporte conviene comprobar que se han recuperado la movilidad, la fuerza, el equilibrio, la capacidad de realizar saltos y cambios de dirección y, sobre todo, la confianza para apoyar el pie sin sensación de fallo.
Cuando los episodios continúan a pesar de una rehabilitación bien realizada, puede ser necesario ampliar el estudio. La cirugía suele reservarse para pacientes que mantienen dolor e inestabilidad después de varios meses de tratamiento conservador o presentan lesiones estructurales asociadas que requieren reparación.
Debe realizarse una valoración temprana si después de un nuevo esguince existe incapacidad para apoyar, dolor intenso sobre una zona ósea, deformidad, bloqueo de la articulación, pérdida de sensibilidad, inflamación muy importante o síntomas que no mejoran de forma progresiva.
Un esguince puede parecer una lesión menor, pero que el tobillo falle o se lesione repetidamente no debe considerarse normal. Identificar la causa de la inestabilidad y realizar una rehabilitación adaptada puede ayudar a recuperar la confianza, prevenir nuevas lesiones y evitar problemas a largo plazo. Ante esguinces recurrentes o sensación de inseguridad al caminar, es recomendable acudir a un podólogo titulado y colegiado para valorar la pisada, la estabilidad del tobillo y el tratamiento más adecuado.



