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Fracturas por estrés en el pie: diagnóstico diferencial podológico en deportistas no profesionales

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Si te gusta salir a correr, hacer rutas de montaña o jugar al pádel con frecuencia, y últimamente notas un dolor persistente en el pie que va a más, es posible que no se trate solo de una sobrecarga muscular: podría ser una fractura por estrés. Aunque suena serio, se trata de una lesión bastante común entre personas activas que practican deporte de forma no profesional. En este artículo del Colegio Oficial de Podólogos de Castilla-La Mancha te contamos todos los detalles.

¿Cómo sé si tengo una fractura en el pie?

Una fractura por estrés no suele aparecer de golpe, sino que se va desarrollando con el tiempo. El dolor suele comenzar de forma leve, pero se intensifica con la actividad física y mejora con el reposo. Si sentimos un dolor punzante o localizado en un punto concreto del pie, como el empeine o la parte media, que empeora al caminar, saltar o apoyar, conviene ir a una revisión con un podólogo o un médico deportivo.

Otros signos que pueden hacernos sospechar son: ligera inflamación, sensibilidad al tacto y, en algunos casos, un pequeño hematoma. Eso sí, no siempre aparece en las radiografías iniciales, por lo que a veces se necesita una resonancia o gammagrafía para confirmar el diagnóstico.

¿Cuáles son las causas de una fractura por estrés en el pie?

Las fracturas por estrés suelen aparecer cuando el hueso no tiene tiempo suficiente para recuperarse del esfuerzo repetido. Algunas de las causas más frecuentes son:

  • Aumento brusco en la intensidad del entrenamiento, como pasar de correr 5 a 15 km en pocos días.
  • Uso de calzado inadecuado, que no amortigua bien o no está adaptado al tipo de pisada.
  • Errores en la técnica deportiva, que provocan un reparto desigual de la carga sobre el pie.
  • Déficit de calcio o problemas de densidad ósea, que hacen que los huesos sean más vulnerables al impacto.

Tratamiento de una fractura por estrés en el pie

El tratamiento es, ante todo, conservador. Lo primero es interrumpir la actividad física que ha provocado la lesión. El descanso, combinado con la aplicación de frío local y una posible inmovilización con botas ortopédicas o vendajes, suele ser suficiente en la mayoría de los casos.

Durante el proceso, es fundamental seguir las indicaciones de un podólogo deportivo, quien valorará la necesidad de plantillas personalizadas o ajustes en la técnica de carrera. Y, lo más importante: no volver a la actividad hasta que la fractura esté completamente consolidada. Con paciencia y un buen seguimiento, se vuelve al deporte más fuerte y consciente que antes.

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